Una de muchas aventuras
Ayer volví a hacerlo.
Quedé con Marco, ese bull de 1.90 que me pone como loca solo con mirarme. Me recogió en el parking del centro comercial, yo ya sin bragas desde la mañana, el coño chorreando solo de imaginar lo que vendría. En el coche me abrió las piernas sin decir nada, metió dos dedos y los sacó brillantes. “Estás empapada, puta casada”, me dijo. Yo solo gemí y le contesté: “Es por ti… y por el cornudo que espera en casa”.
En su apartamento no hubo preliminares. Me tiró sobre la cama, me levantó el vestido y me comió el coño como si fuera su última cena. Yo me retorcía, le agarraba el pelo y le gritaba que me follara ya. Cuando me penetró, sentí cómo me abría entera, esa polla gruesa que mi marido nunca igualará. Me puse a cabalgarlo salvaje, empapándolo todo, mis jugos mezclándose con los suyos mientras él me agarraba las tetas y me llamaba su zorra favorita. Me corrí dos veces así, chorreando sobre su abdomen, gritando su nombre. Luego me puso a cuatro patas y me llenó con chorros calientes, profundos, hasta que sentí cómo rebosaba y me caía por los muslos.
Salí de allí con las piernas temblando, el coño hinchado y lleno de su semen mezclado con mi humedad. Me puse la tanga que llevaba en el bolso y la dejé absorber todo el camino a casa. Cada paso era un recordatorio: estaba marcada por otro.
Llegué a casa pasadas las 11. Mi cornudito estaba en el sofá, con la polla dura esperando. No dijo nada, solo me miró con esa mezcla de celos y deseo que me pone aún más. Me subí el vestido, me quité la tanga despacio y se la acerqué a la cara. “Huele, amor. Huele lo que me hizo Marco”.
Inhaló profundo, los ojos cerrados, gimiendo bajito. Olía a sexo puro: mi jugo abundante, su semen espeso, todo revuelto. Le puse la tanga en la boca como un bozal. “Saborea lo que no te doy a ti solo”.
Me senté a horcajadas sobre su cara, bajé el coño todavía goteando sobre su lengua. “Límpialo, cornudo. Saca lo que otro dejó dentro”. Él lamía desesperado, tragando la mezcla de Marco y mía, mientras yo le contaba todo con voz ronca y juguetona: cómo me abrí de piernas en el coche, cómo me corrí gritando su nombre, cómo me llenó hasta que chorreaba. Cada detalle lo hacía gemir más fuerte contra mi clítoris. Yo me frotaba contra su boca, dominante, pasional, muy húmeda otra vez.
Me corrí en su cara mientras le susurraba: “Esto es lo que te excita, ¿verdad? Saber que soy la puta de otros… y que tú solo limpias”.
Él explotó sin tocarse, solo con mi coño en su boca y el olor de otro hombre en la nariz.
Después me acurruqué contra él, besándolo con sabor a semen ajeno todavía en los labios. “Mañana busco otro bull… y tú me esperarás con la boca abierta otra vez”
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