Primera vez
El aire de la habitación era denso y silencioso, solo roto por el suave crepitar de una vela. Descalza sobre la alfombra, sintió el primer roce. La mano de él, cálida y grande, envolvió mi tobillo. No era un simple toque, sino una toma deliberada, casi posesiva. Un temblor nervioso recorrió mi cuerpo.
Se arrodilló, su cabeza a la altura de mis rodillas, y el mundo se redujo al punto donde sus labios se encontraron con mi piel. Primero, un beso suave sobre el empeine, reverente. El contacto húmedo y caliente se sintió como una descarga eléctrica, concentrando una excitación desconocida.
Continuó con una lentitud exquisita. Su lengua trazó el contorno del arco, un mapa sensible que yo ignoraba. Cada lametazo era un descubrimiento, revelando una nueva capa de placer. El cosquilleo se convirtió en una oleada de calor que subió por mis pantorrillas, instalándose en la base de mi vientre.
Sentí el roce de su barba en mi planta mientras su boca se dedicaba a mis dedos. Los chupó y mordisqueó con una devoción que me hizo arquear la espalda. La vergüenza inicial se disolvió en una euforia inesperada: me gustaba su adoración, su fetiche era mi despertar. Era la prueba de que él me deseaba por completo, hasta en el último rincón.
Su mano libre subió, dejando un rastro de fuego a lo largo de mi muslo, por debajo de la seda de mi bata. La tensión entre el acto de veneración en mis pies y el atrevimiento en mi intimidad era abrumadora. Mi respiración se aceleró.
Me alzó en un movimiento fluido, sin romper la conexión. Mis pies abandonan el suelo y el peso de mi cuerpo se siente ligero. Sus labios dejaron mi piel para tomar los míos en un beso urgente y profundo, un intercambio de alientos que sellaba el descubrimiento.
Me dejó caer suavemente sobre las sábanas. La bata se deslizó y la luz de la vela proyectó sombras danzantes sobre nuestra piel. Él subió a la cama. El juego con mis pies se transformó en la urgencia de su cuerpo contra el mío, un eco del placer que había nacido en mis extremidades y ahora converge, poderoso y sin freno, en el centro de mi ser. El movimiento rítmico, el calor, el roce de nuestras pieles culminó en un clímax explosivo, la confirmación absoluta de un deseo recién descubierto
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