Mi primera vez con un negro
El ambiente del local era una mezcla embriagadora de lujo y pecado. Caminaba por el pasillo central del club con la barbilla alta, sintiendo cómo el satén de mi vestido se ceñía a mis curvas, mientras tú caminabas un paso por detrás, en ese lugar que tanto te gusta: lo suficientemente cerca para protegerme, pero lo suficientemente lejos para que todos supieran que yo era la pieza central de la noche.
Al llegar a la gran jaula de exhibición, me detuve. No hizo falta que dijeras nada; tus ojos brillaban con esa mezcla de orgullo y sumisión que solo aparece cuando cruzamos este umbral. Entré en el recinto de metal y el frío de los barrotes contrastó de inmediato con el calor de mi piel. Tú te quedaste fuera, con las manos apoyadas en el hierro, convertido en el espectador de honor de mi propia entrega.
Tres hombres no tardaron en acercarse. Eran expertos, manos anónimas que sabían exactamente qué buscar. Me rodearon, convirtiéndome en un altar de carne. Uno me acariciaba los pechos con firmeza mientras los otros dos se turnaban para masturbarme, sus dedos moviéndose rítmicamente entre mis piernas. Yo cerraba los ojos y jadeaba, pero cada vez que los abría, te buscaba a ti. Quería que vieras cómo mi cuerpo respondía a otros, cómo me humedecía bajo el control de desconocidos mientras tú guardabas el secreto de tus cuernos.
Fue entonces cuando lo vi a él.
Destacaba entre la multitud como un dios de ébano. Era un hombre negro, imponente, cuya presencia física parecía reclamar cada rincón del aire. Su mirada era pesada, hambrienta. Cuando se acercó a la jaula, bajé la vista y vi la silueta que marcaba en su pantalón; era una dotación brutal, una promesa de plenitud que me hizo temblar las rodillas. Te miré a través de los barrotes y supe que tú también lo habías notado. Ya no quería manos anónimas; quería sentir esa fuerza dentro de mí.
Salimos de la jaula y nos dirigimos hacia un reservado lateral, un espacio con una pequeña zona de barrotes que separaba el pasillo de la intimidad del cuarto. El hombre nos siguió en silencio, como un depredador que sabe que la presa ya se ha rendido.
Antes de subir al reservado final, nos detuvimos en un rincón sombrío. Me pusiste a cuatro patas frente a él. La escena era pura adrenalina: tú, mi pareja, penetrándome con urgencia por detrás, mientras yo me abalanzaba sobre la polla de aquel hombre. Era inmensa, oscura y ardiente. La tomé con la boca, disfrutando del esfuerzo que me suponía tragarla entera mientras sentía tus embestidas rítmicas. El contraste era gloria pura: tu ritmo familiar contra la invasión masiva de su presencia en mi garganta.
—Subamos —susurré, apenas recuperando el aliento.
Entramos en el reservado superior. El hombre negro no perdió el tiempo. Me agarró de las caderas con una fuerza que me dejó sin aliento y me volvió a situar a cuatro patas sobre el diván de cuero. Esta vez, tú no estabas dentro de mí; estabas a un metro, observando cómo él me tomaba. Cuando entró, sentí que me partía; era una invasión total, brutal, rítmica. Me follaba con una potencia salvaje que hacía que mis gritos rebotaran en las paredes de madera.
Tú diste un paso adelante, incapaz de quedarte solo mirando. Entraste en el círculo de nuestra pasión y te posicionaste frente a mí. El hombre me agarró del pelo, obligándome a arquear la espalda y a mirarte a los ojos mientras él descargaba toda su furia en mi interior.
—Ahora, Sergio... ahora —gemí, viendo que ambos estabais al límite.
Me giré y me puse encima de la cama exponiendo mi cuerpo a los dos. Te acercaste, con la mano temblando de pura excitación, y él se situó justo al otro lado. El clímax fue una explosión sincronizada. El hombre negro descargó su simiente con una fuerza asombrosa, cubriendo mis pechos con una capa espesa y caliente. Casi al mismo instante, tú te uniste, derramando tu esencia justo encima de la suya.
Me quedé allí, inmóvil, sintiendo el calor mezclado de los dos hombres sobre mi piel. La marca de mi libertad y tu devoción, fusionadas en un mapa blanco sobre mi pecho. Me miraste, exhausto y devoto, y yo te sonreí con la satisfacción de quien sabe que, aunque duermas conmigo, mi cuerpo hoy se estremece con el recuerdo de esa mezcla de poder y amor sobre mí. Gracias cornudo mío por compartirme así, te quiero.
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