Las fiestas del pueblo

Las fiestas del pueblo siempre me habían parecido iguales.

Música demasiado alta, gente demasiado bebida y hombres demasiado previsibles.

Por eso me fijé en él.

Porque intentaba no mirarme.

Y estaba fracasando estrepitosamente.

Yo estaba apoyada junto a la barra con una cerveza en la mano cuando lo vi observándome por tercera vez en menos de cinco minutos. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, apartaba la vista medio segundo tarde.

Sonreí para mí.

Pobre.

Ya estaba perdido.

Llevaba una camiseta negra ajustada que dejaba al descubierto los tatuajes de mis brazos. Nunca me habían interesado demasiado las miradas, pero sí me divertía ver cómo reaccionaban algunos hombres cuando una mujer no se comportaba como esperaban.

Y él claramente no sabía qué hacer conmigo.

Así que decidí ayudarle.

Me acerqué directamente.

Sin rodeos.

—¿Cuánto tiempo más piensas seguir mirándome?

La cara que puso hizo que valiera la pena recorrer toda la plaza.

Se quedó callado un instante.

—¿Y cuánto tiempo más piensas seguir dejándome?

Aquello me arrancó una sonrisa.

Al menos tenía algo de carácter.

—Me gusta esa respuesta.

No le pregunté si podía sentarme. Lo hice.

No le pregunté si quería hablar conmigo. Empecé a hacerlo.

Y lo más interesante fue que él aceptó inmediatamente el juego.

Hablamos durante un rato, aunque la verdad es que apenas recuerdo la conversación. Lo que recuerdo es cómo me miraba.

Atento.

Pendiente.

Esperando.

Y cuanto más lo observaba, más claro tenía que le gustaba que fuese yo quien llevara el control.

Cuando terminé mi cerveza la dejé sobre la barra.

—Ven conmigo.

—¿Adónde?

Lo miré levantando una ceja.

—¿Siempre haces tantas preguntas?

Se rio.

Y me siguió.

Eso era exactamente lo que esperaba.

Nos alejamos del bullicio hasta una calle más tranquila detrás de la plaza. Las luces de la verbena llegaban débiles y la música sonaba lejana.

Me giré hacia él.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de esta situación?

—¿Qué?

Di un paso hacia delante.

—Que llevas toda la noche intentando parecer seguro de ti mismo.

Otro paso.

—Y aun así has hecho exactamente todo lo que esperaba.

Sus ojos no se apartaron de los míos.

Bien.

—Primero me miraste.

Sonreí.

—Luego esperaste a que fuera yo quien se acercara.

Incliné ligeramente la cabeza.

—Y ahora estás aquí porque te dije que vinieras.

Durante un instante se quedó sin respuesta.

Aquello me encantó.

No porque estuviera intimidado.

Sino porque estaba disfrutando del juego tanto como yo.

Apoyé una mano en su pecho y noté cómo se tensaba ligeramente.

—Relájate.

Mi voz salió suave.

Segura.

—No tienes que demostrarme nada.

La sonrisa que apareció en sus labios fue distinta.

Más sincera.

Más rendida.

Y fue entonces cuando comprendí que tenía razón desde el principio.

No era la música.

Ni las fiestas.

Ni el alcohol.

Era esa electricidad que aparece cuando dos personas se entienden sin necesidad de explicarse demasiado.

Y yo llevaba toda la noche sabiendo exactamente cómo iba a terminar aquel encuentro: con él incapaz de dejar de pensar en mí mucho después de que las luces de la verbena se apagaran.