La mirada que se quedó conmigo

Entré pensando que sería una noche cualquiera

Me senté sola, pedí una copa y entonces noté su mirada.

No apartó los ojos cuando lo descubrí

Yo tampoco.

Sonreí y crucé lentamente las piernas, consciente de que seguía observándome

Hacía mucho tiempo que había aprendido que una mujer no necesita veinte años para despertar deseo

A veces ocurre justo lo contrario: los años te enseñan exactamente cómo provocar sin necesidad de enseñar demasiado.

Cuando pasó junto a mí, se inclinó y susurró:

—Sabes perfectamente lo que estás haciendo.

Lo miré, sonreí y contesté:

—Por supuesto.

Y dejé que durante unos segundos imaginara todo lo demás.