Huele mis bragas después de follar con mis amantes

​Levantas la vista, tus ojos fijos en el rastro de sudor y deseo que aún brillan en mi escote. Has pasado la tarde entera viendo de rodillas cómo dos hombres, completos desconocidos que elegí para este miércoles, me tomaban con una furia que no podrás nunca emular. Has oído el choque de la carne, los gemidos de placer y, finalmente, el silencio satisfecho.

​Llevo puestas unas bragas de encaje negro, ahora pesadas, empapadas en una mezcla de mis propios fluidos y el semen de mis amantes. Están calientes, conservando el calor corporal del placer que he tenido.

​—Sácalas, con los dientes —te ordeno inclinándome un poco hacia delante.

​Tú obedeces con una urgencia que me hace sonreír. Con tus manos temblorosas a la espalda, hundes el rostro entre mis muslos, enganchando la delicada tela con tus dientes. En cuanto la braga se desliza sobre mi piel, un vaho denso, húmedo e intenso inunda tus sentidos. No es sólo el aroma de mi excitación; es el olor denso y dulce de semen ajeno, mezclado con la fragancia de mi sexo satisfecho.

​—Ahora, quiero que me digas a qué huelo, Quiero que lo describas mientras te llenas los pulmones con este aroma.

​Sostengo las bragas frente a tu rostro, rozando tu nariz con las bragas empapadas.

Cierras los ojos, inhalando profundamente. El tejido está tan saturado que se esparcen también las manchas brillantes de los fluidos que aún no se han secado.

​—Hueles... hueles a ellos—susurro con la voz de satisfacción después de una gran follada—. Hueles a la victoria de otros hombres. El encaje está hirviendo... se nota el semen de esos tipos mezclado con mi jugo. Es un olor... animal.

​Te froto la tela húmeda contra tus mejillas.y toda tu cara, marcándote con la esencia de mi infidelidad consentida—. Esto es lo que eres hoy: el guardián de mis restos. Un recolector de las sobras de los hombres de verdad que me han disfrutado mientras tú esperabas tu turno para servir.

​Te obligo a hundir la nariz completamente en mi entrepierna, forzándote a respirar a través de la humedad espesa que la cubría. Te estremeces atrapado por una excitación tan violenta que te hace sentirte excitado y humillado al mismo tiempo.

​—Quédate así, Inhala cada gota, cada rastro de lo que han dejado dentro de mí. Hasta que tu mente solo pueda procesar una idea: que tu novia ha sido la reina de otros, y que tú eres el afortunado que puede limpiar el rastro del banquete.

​Me levanto, dejándote la prenda sobre el rostro como una máscara de obediencia, y camino hacia la ducha, dejando que te ahogues en el aroma de mi libertad y tú excitación. Pronto, sacaré tu leche también.