Ella marca las reglas
Ella entró en la habitación sin apresurarse. No necesitaba llamar la atención; la atención ya era suya.
Se detuvo unos segundos observándolo. Él intentó sostenerle la mirada, pero había algo en su forma de mantenerse erguida, segura de sí misma, que resultaba intimidante y fascinante al mismo tiempo.
—Parece que todavía no entiendes quién marca el ritmo aquí —dijo ella con una calma absoluta.
No había enfado en su voz. Ni siquiera dureza. Lo inquietante era precisamente eso: la tranquilidad con la que hablaba, como si estuviera describiendo una realidad evidente.
Ella avanzó un paso.
Luego otro.
Cada movimiento parecía calculado, deliberado. No buscaba impresionar. No tenía nada que demostrar.
Cuando llegó frente a él, inclinó ligeramente la cabeza y dejó escapar una sonrisa casi imperceptible.
—Me gusta la gente segura de sí misma —continuó—. Pero me gusta aún más cuando descubren que no siempre tienen el control.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Ella no apartó la mirada ni un instante.
Había algo magnético en esa confianza inquebrantable, en la sensación de que nada podía sorprenderla ni hacerla dudar. Como si conociera el desenlace de la historia mucho antes de que comenzara.
—Relájate —susurró.
Era una sugerencia, pero sonó como una orden.
Y, de alguna manera, ambos lo sabían.
Ella sonrió de nuevo, satisfecha.
La partida acababa de empezar, y estaba acostumbrada a ganar.
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