El deseo

La lluvia golpeaba los ventanales del ático mientras ella dejaba lentamente el abrigo sobre el sofá. El ambiente olía a vino tinto, madera y tensión acumulada durante semanas. Él la observó desde la cocina, con la camisa remangada y esa media sonrisa que siempre conseguía desarmarla.

—Sabías que vendría —susurró ella.

—Lo esperaba.

Se acercaron despacio, como si el juego estuviera precisamente en retrasar lo inevitable. Él rozó apenas sus dedos con los de ella, subiendo después por la muñeca hasta detenerse en su cintura. El contacto fue suficiente para encenderle la piel.

Ella levantó la vista. Muy cerca. Demasiado cerca.

—Llevas toda la noche mirándome así.

—Porque llevas toda la noche provocándome.

La respiración comenzó a mezclarse. Él apartó un mechón húmedo de su cuello y dejó un beso lento junto a su oído. Ella cerró los ojos, dejando escapar un suspiro suave mientras sus manos recorrían el pecho de él bajo la camisa abierta.

El deseo ya no era una insinuación; era electricidad.

Él la empujó con delicadeza contra la pared, sujetándole la cintura mientras sus labios se encontraban por fin con hambre contenida. El beso fue intenso, largo, húmedo, cargado de todo lo que habían callado durante meses. Ella respondió mordiéndole apenas el labio inferior, disfrutando cómo él perdía por un instante el control.

La lluvia seguía cayendo afuera, pero dentro del ático el calor era insoportable.

—No pienso dormir esta noche —murmuró él contra su piel.

Ella sonrió, acercándose aún más a su oído.

—Entonces será mejor que me hagas perder la cabeza primero.