El comienzo

La oscuridad no me asusta. Nunca lo ha hecho. Es ahí donde todo se vuelve más honesto… más peligroso.

Lo observo desde la distancia justa, dejando que la incertidumbre haga su trabajo. Sé lo que provoco, lo veo en la forma en que su cuerpo se tensa, en cómo evita moverse, como si cualquier gesto pudiera romper algo que aún no ha empezado.

Camino hacia él sin prisa, disfrutando cada segundo, cada latido que se acelera en el aire. Cuando por fin estoy lo bastante cerca, dejo que mis dedos recorran su piel con una lentitud casi cruel. No busco suavidad. Busco reacción.

—¿Lo sientes? —murmuro, mi voz apenas un roce.

No espero respuesta. No la necesito.

Me inclino hacia él, dejando que mi aliento choque contra su cuello, deteniéndome justo antes de tocarlo. Ese instante suspendido… ese borde entre el deseo y la desesperación… es donde vivo.

Mis manos no dudan ahora. Se aferran, recorren, reclaman sin pedir permiso. No hay inocencia en mí, solo intención. Solo esa necesidad oscura de acercarlo más, de borrar cualquier distancia, de hacer que se pierda en el mismo abismo en el que yo ya estoy.

Cuando finalmente lo beso, no es un gesto tierno. Es una toma de control, una declaración silenciosa de que esto ya no es un juego.

Y en la penumbra, con su respiración quebrándose contra la mía, sé que ninguno de los dos saldrá intacto.