El amante silencioso

Esta noche no estoy sola en casa.

La luz es tenue y cálida y el silencio tiene algo especial, como si estuviera lleno de pequeñas promesas.

Me miro un momento en el espejo del pasillo. Mi cabello rojo cae sobre mis hombros y sonrío un poco, porque sé que hay algo en mí que puede resultar peligrosamente tentador.

Camino despacio por el salón, descalza. El suelo está fresco bajo mis pies y siento un pequeño escalofrío agradable subir por mi piel. Me gusta esa sensación de estar completamente presente, consciente de cada movimiento.

Me apoyo en la ventana abierta y dejo que la brisa nocturna juegue con mi pelo.

Cierro los ojos un instante e imagino:

Imagino unos pasos acercándose detrás de mí, lentamente, sin prisa.

Puedo casi sentir su presencia a mi espalda, cerca… lo suficiente como para que el aire entre nosotros se vuelva más cálido.

Mi respiración cambia un poco.

No digo nada.

Me gusta ese instante en el que todo es posibilidad, en el que una mirada puede encenderlo todo, en el que un susurro cerca del oído puede hacer que el corazón lata más rápido.

Sonrío para mí misma, porque sé exactamente lo que va a pasar y me gusta

la tensión dulce. Y él va acercándose muy despacio.

Siento su aliento en mi cuello y un escalofrío recorre mi cuerpo, mis pezones se ponen erectos, mi cuerpo desea sentir su calor...

Sus manos tocan mi piel y me acerca a él, siento su erección en mi culo y sus dedos tocan mi coño.

Al sentir mi humedad se ríe y me susurra al oído:

- ¿Quieres que te vuelva a follar?

Yo, casi sin poder hablar, le digo que sí y me da la vuelta y comienza a penetrarme, de espaldas a la ventana. Mis muslos rodean su cuerpo y mis uñas se clavan en él con cada embestida, como un salvaje.

Le oigo gruñir, como si fuera una bestia.

Yo me dejo llevar y disfruto de su sexo salvaje y profundo, haciéndome llegar al orgasmo, subiéndome al cielo y bajando al mismo infierno a la vez.