Ahora mando YO

Él estaba acostumbrado a dominar.

Se le notaba en la postura, en la mirada segura, en esa sonrisa confiada.

Hasta que decidió provocarme.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó con esa seguridad que tanto le gustaba mostrar.

Sonreí.

Me acerqué despacio, sin prisa.

No levanté la voz. No hice movimientos bruscos.

El verdadero poder no necesita ruido.

Tomé su corbata —o el cuello de su camisa— y tiré apenas lo suficiente para acortar la distancia.

—Ahora… te quedas quieto —susurré.

Y algo en sus ojos cambió.

Lo empujé contra la pared con suavidad calculada.

Mis manos recorrieron su pecho lentamente, marcando territorio, sintiendo cómo su respiración empezaba a perder ritmo.

No estaba asustado.

Estaba excitado.

Deslicé mis dedos hasta su mandíbula y lo obligué a sostenerme la mirada.

—Me gusta cuando intentas parecer fuerte… —murmuré cerca de su boca— pero sé exactamente dónde tocar para que pierdas el control.

Mis labios no lo besaron de inmediato.

Primero jugué.

Rozando. Provocando.

Dejándolo al borde.

Él intentó tomar iniciativa.

Le detuve las manos sin esfuerzo.

—No todavía.

Su respiración ya no era firme.

Sus hombros tensos.

Su autocontrol, fracturándose poco a poco.

Me incliné hacia su oído.

—Cuando yo quiera…

Y en ese momento entendí que no necesitaba fuerza para dominarlo.

Solo seguridad.

Solo intención.

Solo la certeza de que él deseaba exactamente lo que yo decidiera darle.

Y lo mejor de todo…

Era verlo perder el control…

mientras yo lo disfrutaba.